martes, 15 de septiembre de 2009

Buscando la simetría










Fue el domingo 6 de septiembre. Una tarde apacible en la azotea del edificio. Allí nos juntamos cinco o seis personas. Todas alrededor de un sofá. En él se había escondido un pequeño ratón. Se especulaba sobre si seguiría allí o se habría escabullido ya. La respuesta era incierta. El sofá medio despanzurrado mostraba sus entrañas con desgana. Los instantes se sucedían con indolencia. Los unos iban. Los otros venían. Todos con ociosidad, merodeando. Los perros, tres, y los tres pequeños, dormitaban al sol de la tarde. Entreabrían los ojos con el ir y venir de los presentes. Todo se desarrollaba cansinamente.
Alguien tumbó el sofá en un intento de que saliera el inquilino, uno dio un golpe en un costado, otro en el asiento, yo en la parte inferior del asiento. Di uno, dos y al tercer golpe, uno de los perros, que ya despierto se había acercado, sin duda al sentirse atacado, se arrojó sobre mi pié izquierdo, y mientras yo intentaba quitármelo de encima, otro de los perros me mordió el pié derecho. Todo cobró vida en un momento. Se chillaba en inglés, en castellano, en spiti y en tibetano, mientras los perros ladraban y aullaban al morder y al recibir.

Tras la algarabía volvió la calma, aunque ésta fue breve. Ahora la expectación eran mis pies. Todos, los antiguos asistentes, y alguno más, formaron un corro, desgranando los ¡ah!, ¡oh!, ¡ay!, ¡huy! y ¡ouch!. El izquierdo, hablando del pie, que apenas habían rozado los dientes del asustado perro, empezó a hincharse, en el empeine, de una manera casi escandalosa. Seguramente, el golpe había desgarrado alguna vena y la hemorragia se concentró, formando una bola que crecía por momentos. El pie derecho no producía algarabía, el mordisco estaba en la planta del dedo gordo, y apenas se veía y yo no me daba demasiada cuenta.
Carreras, médico, vacuna antitetánica, y antirrábica, por si acaso. El chiringuito, con todos los respetos, no tranquilizaba mucho, pero el doctor parecía saber lo que se hacía, y por lo que le contamos, era evidente que no tenía complicación.
Felizmente me puso la antitetánica, y yo la aproveché. Vaya si la aproveché. Al día siguiente y mientras cortaba una barra de hierro del forjado, también en la parte alta del edificio, muy cerquita de donde estaba el sofá, me apliqué y me hice un corte en el empeine, esta vez del pie derecho.
Ahora los dos pies lucían heridas prácticamente simétricas. Eso sí, el pie derecho tenía un agujero en el dedo gordo que el pie izquierdo, en su dedo gordo, no tenía. Pero como todo hay que decirlo, ese agujerito no se ve si no le doy la vuelta al pie, cosa que normalmente no hago, sobre todo porque no viene al caso. Ahora sí, yo diría que ahora se sentían los dos pies más satisfechos y más iguales. Nada de eso de que uno más que otro. Las apariencias son importantes y la simetría siempre ayuda.
Ya para terminar os diré que el martes, 8 de septiembre, terminamos de tapar, aunque de una manera provisional, el agujero de 4X3 metros que había en el techo-tejado-azotea, que es el lugar en el que estaba el sofá, y el lugar en el que se hirieron mis dos pies.
El mencionado agujero, el de la escalera, permitía colarse el agua a toda la casa. A partir de ahora ya no entrará más agua, aunque seguirá entrando la luz

domingo, 13 de septiembre de 2009

Situación de la casa y de los niños



Para situarnos sobre los inicios de la Casa de acogida, tenemos que empezar por nombrar a su creador, el Venerable Dorje Gialpo, de origen tibetano, que comenzó en el año 1998 alquilando habitaciones en donde recogía a una veintena de niños. Sus inicios fueron muy duros, y para conseguir sus fines llegó a pedir préstamos, alguno de los cuales, al día de hoy, no ha sido pagado completamente.
El Venerable Dorje Gialpo tenía y tiene la preocupación y el deseo de preservar las costumbres y tradiciones budistas de los habitantes de las faldas del Himalaya (tradiciones y costumbres tibetanas), añadiendo a esa enseñanza la organización y la previsión.
Hablando ahora de los niños, tenemos que decir que en la actualidad, en la Casa de acogida hay 74 niños, repartidos por edades de la siguiente forma: 30 de entre 4 y 15 años y 44 de entre 16 y 22 años. Los motivos de la estancia de los niños son diversos, pero siempre es la falta de recursos la que provoca que los niños sean acogidos. Aparentemente cada día son más los casos de niños de padres divorciados; en cuyo caso los niños son casi abandonados, ya que ninguno de los dos padres se quiere hacer cargo. En otros casos es la distancia y la falta de medios de las familias que quieren que los niños tengan educación escolar.
Normalmente cuando se inicia el curso escolar, o en período de exámenes, el número de niños mayores aumenta, pues vienen a la ciudad de Norbulingka, que es la más próxima, para poder estudiar o pasar los exámenes. En esos momentos la Casa de acogida llega a superar los100 niños.
En esta Casa de acogida, todos los niños están escolarizados. Incluso se da el caso de que niños que vienen a colegios particulares son acogidos aunque los padres paguen la matrícula y las mensualidades. Sin duda si no fueran acogidos los niños no podrían recibir educación, ni privada ni pública, aunque esta última sea gratuita.
Durante los pocos días que llevamos viviendo en esta Casa de acogida nos ha sorprendido gratamente ver lo alegres que son los niños, pero también lo obedientes y respetuosos que son y que se comportan con los más mayores, en especial con el monje o con las personas que se ocupan de ellos con todo cariño.  
Y en tercer lugar tenemos que hablar de lo que es en sí el edificio y el terreno. Por lo que respecta a la construcción, en la actualidad la Casa de acogida cuenta con un edificio principal de dos plantas, sobre una superficie de 280 metros cuadrados, es decir 560 metros cuadrados. Dispone además de un edificio anexo, recientemente construido que suponen 45 m2, en el cual están situados los baños, que se componen de 2 WC y 2 duchas por sexo.
El estado de la construcción es irregular, como irregular ha sido su construcción. La parte primeramente construida, que lo fue por las manos del propio Venerable Dorje Gialpo, es la que peor está. Ésta corresponde a la planta baja, la cual alberga en la actualidad, todavía a todos los niños, y debido a la hacinación y el deterioro necesitaría una restauración y pintura. En esta parte se sitúa la cocina, la cual no tengo palabras para describir y en donde no existen, ya que no son posibles, las condiciones de higiene. Hay algunas ventanas que presentan cristales rotos y falta de mantenimiento en marcos y ventanas.
La segunda planta está casi terminada totalmente, y aunque hay una parte antigua, debido a la nueva construcción, presenta un aspecto general mucho mejor que la primera. Próximamente estará terminada, y redistribuida toda la casa solucionando algunos problemas de espacio.
La realidad de la generalidad de la construcción es que hay muchas cosas inacabadas, deterioradas, y deficientes. Todo lo que son instalaciones dejan mucho que desear: las instalaciones electricas presentan cables sueltos, colgando, empalmados sin protección, y ello por toda la casa; la instalación del agua es deficiente, sin hablar del agua en sí, que no pasa ni por un filtro para evitar que la tierra y pequeños bichejos visibles, lleguen hasta el grifo; el agua para beber y cocinar se ha de ir a buscar a más de un kilómetro de distancia con botellas grandes de plástico. Las escaleras no disponen de barandilla, con el consiguiente peligro, sobre todo para los más pequeños. Hay hierros que sobresalen del forjado por muchas partes, etc., etc., etc.
Por lo que respecta al terreno, dispone de unos 550 metros cuadrados. Si a la superficie mencionada se le deduce la superficie construida, y asimismo, la superficie en la que en una de las caras del rectángulo del edificio se encuentra la parte de pozo (que en realidad es una balsa con una zona inundable), y teniendo en cuenta que en las otras tres caras restantes del edificio tiene un cinturón de unos 2 ó 3 metros alrededor del edificio; nos damos cuenta que no le resta mucha superficie, ni para construir ni para que los niños jueguen.
Como curiosidad, mencionaría que se da la circunstancia de que el terreno entre el camino y la entrada de la casa (unos 8 metros de longitud), pertenece a un propietario que provoca situaciones tensas con el monje, ya que ni quiere cortar la hierba, ni deja que la corten, y al ser una zona de cultivos de arroz y estar inundada gran parte del año, la hierba alta es un peligro para los niños porque deben atravesarla para entrar o salir de la Casa de acogida y entre las hierbas se esconden culebras, ratas y otros animales, con el consiguiente riesgo, sobre todo para los más pequeños.
El terreno alrededor de la casa también presenta un lamentable estado, con hierros, maderas con clavos, ladrillos, piedras; lo mismo sucede alrededor de los baños.
Ya para terminar, hacer hincapié en la escasez y deterioro de todo lo que corresponde a mobiliario, utensilios de cocina y vajilla para el comedor, ropa de cama, ropa de baño, ropa de los niños, calzado, libros, y un largo etcétera.
Como siempre sucede, dentro de que todo y todos en este centro tienen unas condiciones precarias, los más pequeños, es decir, las niñas y niños de 4, 5 y 6 años son los más desfavorecidos, los que tienen menos de todo, y los que más de todo necesitan, sobre todo cariño.
Creo que por hoy ya hemos repasado un poco la realidad, dejo para un próximo día las acciones a emprender.