Fue el domingo 6 de septiembre. Una tarde apacible en la azotea del edificio. Allí nos juntamos cinco o seis personas. Todas alrededor de un sofá. En él se había escondido un pequeño ratón. Se especulaba sobre si seguiría allí o se habría escabullido ya. La respuesta era incierta. El sofá medio despanzurrado mostraba sus entrañas con desgana. Los instantes se sucedían con indolencia. Los unos iban. Los otros venían. Todos con ociosidad, merodeando. Los perros, tres, y los tres pequeños, dormitaban al sol de la tarde. Entreabrían los ojos con el ir y venir de los presentes. Todo se desarrollaba cansinamente.
Alguien tumbó el sofá en un intento de que saliera el inquilino, uno dio un golpe en un costado, otro en el asiento, yo en la parte inferior del asiento. Di uno, dos y al tercer golpe, uno de los perros, que ya despierto se había acercado, sin duda al sentirse atacado, se arrojó sobre mi pié izquierdo, y mientras yo intentaba quitármelo de encima, otro de los perros me mordió el pié derecho. Todo cobró vida en un momento. Se chillaba en inglés, en castellano, en spiti y en tibetano, mientras los perros ladraban y aullaban al morder y al recibir.
Tras la algarabía volvió la calma, aunque ésta fue breve. Ahora la expectación eran mis pies. Todos, los antiguos asistentes, y alguno más, formaron un corro, desgranando los ¡ah!, ¡oh!, ¡ay!, ¡huy! y ¡ouch!. El izquierdo, hablando del pie, que apenas habían rozado los dientes del asustado perro, empezó a hincharse, en el empeine, de una manera casi escandalosa. Seguramente, el golpe había desgarrado alguna vena y la hemorragia se concentró, formando una bola que crecía por momentos. El pie derecho no producía algarabía, el mordisco estaba en la planta del dedo gordo, y apenas se veía y yo no me daba demasiada cuenta.
Carreras, médico, vacuna antitetánica, y antirrábica, por si acaso. El chiringuito, con todos los respetos, no tranquilizaba mucho, pero el doctor parecía saber lo que se hacía, y por lo que le contamos, era evidente que no tenía complicación.
Felizmente me puso la antitetánica, y yo la aproveché. Vaya si la aproveché. Al día siguiente y mientras cortaba una barra de hierro del forjado, también en la parte alta del edificio, muy cerquita de donde estaba el sofá, me apliqué y me hice un corte en el empeine, esta vez del pie derecho.
Ahora los dos pies lucían heridas prácticamente simétricas. Eso sí, el pie derecho tenía un agujero en el dedo gordo que el pie izquierdo, en su dedo gordo, no tenía. Pero como todo hay que decirlo, ese agujerito no se ve si no le doy la vuelta al pie, cosa que normalmente no hago, sobre todo porque no viene al caso. Ahora sí, yo diría que ahora se sentían los dos pies más satisfechos y más iguales. Nada de eso de que uno más que otro. Las apariencias son importantes y la simetría siempre ayuda.
Ya para terminar os diré que el martes, 8 de septiembre, terminamos de tapar, aunque de una manera provisional, el agujero de 4X3 metros que había en el techo-tejado-azotea, que es el lugar en el que estaba el sofá, y el lugar en el que se hirieron mis dos pies.
El mencionado agujero, el de la escalera, permitía colarse el agua a toda la casa. A partir de ahora ya no entrará más agua, aunque seguirá entrando la luz

3 comentarios:
es que un profesional de la obra trabajando con chanclas, no es serio! :-) V.
Hola Juan,
no sabía de tu pasión por el equilibrio y la simetría..madre mía, lo que hay que hacer para ser coherente!
Estoy siguiendo vuestra aventura a través de mi hermano y de vuestro blog. Sois un par de personas generosas y valientes y os mando mi cariño y admiración desde Holanda, una tierra de riqueza y confort.
Un abrazo fuerte para tí y Mari Angeles
Olga
Juanito: Lo tuyo es tapar alpacas de paja en Jimena, ó una escalera en el Himalaya. Te lo diré en andaluz de Ubrique que es el que te gusta: ¡ Ere er mejon picha!
Muchos besos de los Jimenatos.
P.D. Como no te ibas a cortar si eso es lo tuyo.
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